Un plan que surge de un pequeño sentimiento: dolor. Que poco a poco va creciendo con un fuerte sustento: rabia. Objetivo: destruir. Que no quede nada con vida, pedacitos tan pequeños que no puedan sobrevivir por sí mismos, e inyectar un pequeño alfiler en cada uno de ellos, y colocarles un pequeño hilo para moverlos a voluntad con una sola mano. Secuaces que llevan un escudo, con una idea en la cabeza, destrozar lo contrario a esa ideología. Estrategia: comentar, indagar, enrevesar, debilitar, y finalmente la estocada mortal. No importan los métodos si son hirientes, mejor si la caída es de un peldaño más alto, de un nivel de confianza mayor, de un sentimiento más especial. Las armas: mentira, falsedad, ocultismo.
No sirvo para estrategias, pese a lo que se piense de mí, suelo ser trasparente, demasiado confiada, o ingenua. Son características idóneas para ser alcanzada con facilidad. En el Risk, pese a ser un juego también de azar, perdí todas las veces que jugué.
Ahora se juega en mil dimensiones, a mil bandas, y la información de la que huyo, es el poder, esa información que va disfrazada con pequeños cristales que provocan cortes en cuanto la coges, y sin darte cuenta, te introduce en una habitación oscura en la que, en cuanto se cierra la puerta, ya no eres capaz de encontrar la salida... Tengo miedo, y lo único que se me ocurre es intentar buscar una esquina en la que acurrucarme y esperar que no impacte nada contra mí, que me pueda provocar una herida que no consiga cerrar, y me desangre lentamente.
